Si me tomas muero
Por:
Jair F Silva
El viejo vampiro llega al cuarto de la
doncella y la observa dormir. Se inclina, con la mano retira el cabello y, pese a
la poca luz que alcanza el lecho, percata dos punzadas en la yugular. La
luz amarillenta del candelabro sobre la cómoda es vacilante y con dificultad
llega hasta la cama; observa las marcas detenidamente. “No recuerdo haberla
tenido antes”, piensa. Está seguro, no obstante la duda persiste. Le preocupa
la salud de su memoria. “¿Habré estado aquí y no lo recuerdo?”.
El
molesto vaivén de las llamas causado por las frías corrientes de viento que
entran por la ventana por donde ingresó, entorpece su visión. Entonces la desvía bruscamente hacia la
blanca pared del fondo, desde donde el
sujeto de bronce clavado en una cruz de madera presencia todo. No
perderá el viaje. Su castillo está retirado y la fatiga ya no da espera. “la
tomaré”
—No lo hagas—dice la doncella.
El
viejo retrocede. No hay temor en el dulce rostro de la joven. En
cuatrocientos años nunca le ha ocurrido algo semejante.
—No lo hagas—repite ella.
Él
la mira con dureza.
— ¿por qué no debería hacerlo?
—Otro
estuvo antes que tú. Si me tomas muero.
— ¡¿Otro?!
—Le grita— ¿cómo otro? Soy el amo y señor de toda la región, desde el mar hasta
el bosque más recóndito. Nadie osa meterse en mis dominios. Soy el padre de
cuanto oscuro y maldito ser has oído
hablar.
Entre
tanto escucha el sermón, sentada en la
cama eleva sus rodillas hasta el pecho y apoya el mentón en ellas.
—Lo siento, no fue mi voluntad. Se presentó como rayo de luna. Me estaba
peinando y observé el reflejo en el espejo. Cuando giré ahí estaba. Le pregunté
por qué de esa manera, y respondió que cualquier otra forma sería indigna para un ser superior como él.
Luego se aproximó. Vi sus ojos mientras
me tomaba por la cintura, volteé la vista hacia el espejo pero sólo estaba yo.
Entonces me asusté. “No te asustes” dijo. Apenas me sujetaba, pero no intenté
zafarme. Estaba hipnotizada. Así hubiese
querido mi cuerpo no habría respondido. Lo quería, estaba encantada. Me atraía.
Jamás me sentí de esa manera. En el pueblo muchos han intentado coger mi mano,
pero sus toscas y ampolladas pieles me fastidian, y bajo ningún motivo lo
permito, mucho menos que acerquen su cuerpo al mío. Permití que me apretujara.
“serás mía”, sentenció. “tomaré algo tuyo y me pertenecerás eternamente”. “Has
lo que quieras” le dije. Y se lo permití. Acercó sus labios a mi cuello,
abrió su boca, e hincó dos finos
y puntiagudos colmillos. Los sentí penetrar. Mis piernas temblaron. Creí que me
desvanecía. Su aliento, su respiración daba calor a la nuca. El frío de la
noche desapareció. No aguante más, mis piernas se debilitaron. Me sostuvo entre
sus brazos y me llevó a la cama en donde continuó succionando mientras yo permanecía de espaldas, con los ojos
abiertos, respirando fuerte. El calor empezó a bajar y llegó hasta la
entrepierna; ahí se detuvo. Un pálpito surgió en el lugar. El corazón lo tenía
allí. Puedo jurarlo. Apreté las piernas para que no temblaran y el pálpito
cesara. Y el temblor acabó, pero ahora me retorcía sobre la sábana. Me
gustaba. Muchísimo. Era delicioso. De pronto los pálpitos se aceleraron y su
fuerza aumentó. Un cosquilleo poco a poco mojó las sabanas, mis muslos. Mordía
mis labios y apretaba las manos. De
repente mi vientre estallo, sentí gotas recorrer mi abdomen. Cerré las piernas y las doblé. El aliento parecía
no dar abasto. Necesitaba gemir más. Lo deseaba. Lo hice. Por último me
desplomé sin pizca de ánimo. Permanecí quieta, lentamente volví en mí. Él ya no
estaba a mi lado. Tenía tanto cansancio. Dormí hasta que llegaste. Pero dime,
¿Me harías sentir lo mismo si te ofrezco mi sangre?
El vampiro enmudeció. Sus indiferentes
ojos contemplaban las lejanas doncellas ya idas, y con ellas volvían los
estertores de cada una extenuada entre sus brazos. “tiempos remotos” se
repetía.
—No me volverás a ver— le dijo y acto
continuo se perdió en la noche.

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