Me vale mierda el hombre lobo.
Por: Jair Silva
Creo que días
antes de firmar los papeles de separación que ponían fin a mi sueño con Camila
ya estaba en el suelo. Lo que para ella debió haber sido un descanso para mí significó
un peso. Cuando estampé mi firma aún la amaba.
Sin ella y sin hogar, la única
posibilidad era alquilar un cuarto, pero sé que me hubiera sentido más solo
aún. Me sentía demasiado frágil. Además, mientras estuve casado, cometí el peor de los errores: permitir que los
amigos dejaran de existir.
Por fortuna Fernando nunca se alejó. Suya
fue la idea de que volviera a casa de mis padres. Ahí estaba, pues, de nuevo en
mi viejo cuarto, frente a mis viejas cosas, vuelto mierda por dentro. Del
asunto con Camila nada se habló. Con mis padres y mi hermana convine
tácitamente, desde que crucé la puerta, que el tema no se tocaría.
Necesitaba reponerme del golpe, rehacer mi
vida, como dicen los personajes de telenovela. Ah, y si sobra un poco de entusiasmo,
a ser feliz. Pero despegar no fue fácil. Tres días estuve tumbado en la cama
mirando el techo; apenas salía del cuarto para comer e ir al baño. Al tercer
día sonó el teléfono:
—
¿Cómo así que no
vas? dijo Fernando.
—
No sé, estoy
desanimado.
—
Caminá, mirá que
van todos.
— ¿Todos?
—
Sí, todos, los de administración, los de
ingeniería, Carlos, Víctor…todos.
—
No estoy seguro.
—
Dejate de
pendejadas Felipe, la rumba va a estar buena…vamos hombre, te conviene.
—
Mmm, listo. Decime
dónde y llego.
Antes
de ingresar al salón principal del Free
Point Hotel ensayé la mejor sonrisa y la mirada más altiva. En la entrada,
Víctor, el muy imbécil, no más terminamos de saludarnos preguntó por Camila.
—No sé dónde está. Tampoco me interesa - contesté
arqueando los labios y encogiendo los hombros -.
—Fresquiate
Felipe y hacé de cuenta que nada te he preguntado. Más bien caminá donde están
los demás.
Amontonados
alrededor de una mesa estaban mis viejos compañeros de carrera y universidad.
—
¡Felipe, creí que
ya no venias! - exclamó Fernando apenas me vio-.
Se levantó y me
dio un fuerte abrazo para luego alcanzarme un vaso de vodka.
—
Me hacía falta - dije
después de beber -.
Saludé
a todos los otros y tomé asiento junto a Carlos. Fernando acomodó su silla
junto a mí. Al cabo de dos horas la vida
empezó a ser bella. El peso del divorcio se había esfumado, liviano me sentí, hasta
creo que floté.
Al
otro día, no sé cómo desperté en mi cama. Lo único que recordaba era el escape,
el momento de la fuga de un círculo de amigas.
Me
sentí más reanimado que nunca. De día pertenecía a casa, metido en la cama
leyendo novelas policiacas. De noche no recuerdo a quien. Mi madre tan
comprensiva no puso reparo alguno a la rutina, lo que en otra época hubiese
sido intolerable.
En
uno de los planes vagabundos con Fernando conocí a Laura. Se suponía que esa
noche se reuniría todo el antiguo parche de la rumba, pero el único que
apareció fue él acompañado de dos mujeres jóvenes.
—Felipe, ella es Catalina y ella Laura.
Fernando y Catalina entablaron
conversación. Y ahí estaba yo solo ante una mujer atractiva, también sola y sin
nada que se me ocurriera decirle. Le
sonreía estúpidamente cuando nuestras miradas se encontraban. Hasta que ella
rompió el hielo.
—Sabe, esta canción me gusta y me da ganas
de bailarla. ¿Vamos?
Así que cogió mi mano para arrastrarme hasta la pista.
—Un poco tímido usted…
—…un poco.
— ¿Al menos baila?
La
expresión tras el comentario fue dulce. El resto del disco le clavé la mirada.
Después de tres piezas obtuve su número telefónico.
En
la mañana el recuerdo de sus ojos amortiguó el maldito dolor de cabeza. La
llamé para invitarla a comer y a caminar. Nada mejor se me ocurrió. Después
entramos a un bar. Dos rondas de cerveza importada, tres de vodka, su vida
resumida, la mía sin detalles, muchas miradas, otro vodka un poco más cerca,
más miradas, un beso y otro más. Acaricié su cabello, su espalda. Desperté en
su cama.
Los días
siguientes fueron intensos, luminosos, breves. Pero recibí una llamada que me
aterrizó.
—Por supuesto que estoy bien - le respondí a Camila -.
—Me alegra.
— ¿Y
tú?
—Bien, viviendo con Múnera, lo
conocés - siempre se había referido así a Mauricio-.
Tenía
que recordarme al deplorable sujeto, confirmarme que estaban juntos y
posiblemente felices.
La
llamada me dejó en el suelo. Me refugié en Laura, la vi todos los días, hasta
el punto de querer vivir con ella. Pero las llamadas continuaron.
—Dejá de llamarme, no quiero
saber nada de vos. Estoy saliendo con alguien que me interesa mucho – debí
gritarle a Camila - .
La noticia la sacudió. Calló un rato. Se
despidió y colgó.
Días
después me enteré que Camila había hablado con Laura. No sé cómo la
contactó pero arruinó todo.
— Camila ¿por qué coños lo hacés? ¿Por qué no me dejás en paz? ¿No es
suficiente con haberme engañado?
Su respuesta fue magistral.
—…para protegerte… sos tan indefenso...
Otra
vez me encontré solo, deprimido y mirando al techo. Pero no me dejaría morir.
Me levanté y me entregué al vagabundeo. Debí haber llegado a casa el domingo en
la madrugada. El lunes me resucitó el desayuno de mi madre. Mientras comía en
silencio, mi padre, recuerdo, sentado a
la mesa leía El Caleño.
— Es el tercer cuerpo que
aparece en las mismas
condiciones. El último fue arrojado a un potrero. Imaginate devoradas las
entrañas, el pescuezo arrancado, una mujer como de cuarenta.
— Bonito
tema para el desayuno.
— No hay
duda - agregó él - es un asesino en
serie. Los periodistas le llaman el hombre
lobo.
— Me
vale mierda el hombre lobo.
— ¡Felipe
dejá la grosería, haceme el favor!
— Disculpeme
viejo, estoy nervioso…
— Te lo
quiero decir bien en serio. Vos andás trasnochando todas las noches, no es que
me importe, ni quiera preguntarte con quién, vos sabrás. Pero tenés que tener precaución.
Mirá la cosa está muy peligrosa, dos de los cadáveres han sido encontrados aquí
en el barrio. El lobo no respeta nada, ni a hombres ni a mujeres.
Guardé silencio y seguí comiendo.
— Escuché en la radio – continuó - que tienen
algunos indicios, hay algunas pistas que han orientado a los sabuesos. Aún no han encontrado el patrón
criminal, pero andan tras las huellas de
alguien que han visto merodear en algunos baldíos. Felipe tené cuidado,
deberías salir menos. No son épocas fáciles.
— Me vale mierda el hombre lobo - repetí -.
Al
día siguiente mientras desayunaba junto a mi padre que leía las noticias en voz
alto, me enteré que la noche anterior había vuelto a atacar. Daban todos los
detalles del crimen. La víctima según me enteré sorprendido había sido Múnera.
La noticia me dejó frío. Mierda, mierda,
Camila, alcancé a decir. El desayuno se interrumpió, mi padre no
entendió que súbitamente me hubiera levantado y abandonado el comedor.
El asunto quedó ahí. Nada quería
volver a saber de Camila. El hombre lobo
había dejado de valerme mierda.
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