viernes, 10 de octubre de 2014




Me vale mierda el hombre lobo.


Por: Jair Silva

      Creo que días antes de firmar los papeles de separación que ponían fin a mi sueño con Camila ya estaba en el suelo. Lo que para ella debió haber sido un descanso para mí significó un peso. Cuando estampé mi firma aún la amaba.
      Sin ella y sin hogar, la única posibilidad era alquilar un cuarto, pero sé que me hubiera sentido más solo aún. Me sentía demasiado frágil. Además, mientras estuve casado,  cometí el peor de los errores: permitir que los amigos dejaran de existir.
     Por fortuna Fernando nunca se alejó. Suya fue la idea de que volviera a casa de mis padres. Ahí estaba, pues, de nuevo en mi viejo cuarto, frente a mis viejas cosas, vuelto mierda por dentro. Del asunto con Camila nada se habló. Con mis padres y mi hermana convine tácitamente, desde que crucé la puerta, que el tema no se tocaría.
     Necesitaba reponerme del golpe, rehacer mi vida, como dicen los personajes de telenovela. Ah, y si sobra un poco de entusiasmo, a ser feliz. Pero despegar no fue fácil. Tres días estuve tumbado en la cama mirando el techo; apenas salía del cuarto para comer e ir al baño. Al tercer día sonó el teléfono:
  ¿Cómo así que no vas? dijo Fernando.
  No sé, estoy desanimado.
  Caminá, mirá que van todos.
    — ¿Todos?
   Sí, todos, los de administración, los de ingeniería, Carlos, Víctor…todos.
  No estoy seguro.
  Dejate de pendejadas Felipe, la rumba va a estar buena…vamos hombre, te conviene.
  Mmm, listo. Decime dónde y llego.
         Antes de ingresar al salón principal del Free Point Hotel ensayé la mejor sonrisa y la mirada más altiva. En la entrada, Víctor, el muy imbécil, no más terminamos de saludarnos preguntó por Camila.
     —No sé dónde está. Tampoco me interesa - contesté arqueando los labios y encogiendo los hombros -.
     —Fresquiate Felipe y hacé de cuenta que nada te he preguntado. Más bien caminá donde están los demás.
         Amontonados alrededor de una mesa estaban mis viejos compañeros de carrera y universidad.
  ¡Felipe, creí que ya no venias! - exclamó Fernando apenas me vio-.
Se levantó y me dio un fuerte abrazo para luego alcanzarme un vaso de vodka.
  Me hacía falta - dije después de beber -.
         Saludé a todos los otros y tomé asiento junto a Carlos. Fernando acomodó su silla junto  a mí. Al cabo de dos horas la vida empezó a ser bella. El peso del divorcio se había esfumado, liviano me sentí, hasta creo que floté.
         Al otro día, no sé cómo desperté en mi cama. Lo único que recordaba era el escape, el momento de la fuga de un círculo de amigas.
         Me sentí más reanimado que nunca. De día pertenecía a casa, metido en la cama leyendo novelas policiacas. De noche no recuerdo a quien. Mi madre tan comprensiva no puso reparo alguno a la rutina, lo que en otra época hubiese sido intolerable.
         En uno de los planes vagabundos con Fernando conocí a Laura. Se suponía que esa noche se reuniría todo el antiguo parche de la rumba, pero el único que apareció fue él acompañado de dos mujeres jóvenes.
     —Felipe, ella es Catalina y ella Laura.
         Fernando y Catalina entablaron conversación. Y ahí estaba yo solo ante una mujer atractiva, también sola y sin nada que se me ocurriera decirle. Le  sonreía estúpidamente cuando nuestras miradas se encontraban. Hasta que ella rompió el hielo.
     —Sabe, esta canción me gusta y me da ganas de bailarla. ¿Vamos?
         Así que cogió mi mano para  arrastrarme hasta la pista.
     —Un poco tímido usted…
     —…un poco.
— ¿Al menos baila?
         La expresión tras el comentario fue dulce. El resto del disco le clavé la mirada. Después de tres piezas obtuve su número telefónico.
         En la mañana el recuerdo de sus ojos amortiguó el maldito dolor de cabeza. La llamé para invitarla a comer y a caminar. Nada mejor se me ocurrió. Después entramos a un bar. Dos rondas de cerveza importada, tres de vodka, su vida resumida, la mía sin detalles, muchas miradas, otro vodka un poco más cerca, más miradas, un beso y otro más. Acaricié su cabello, su espalda. Desperté en su cama.
         Los días siguientes fueron intensos, luminosos, breves. Pero recibí una llamada que me aterrizó.
     —Por supuesto que estoy bien - le respondí a Camila -.
     —Me alegra.
  — ¿Y tú?
     —Bien, viviendo con Múnera, lo conocés - siempre se había referido así a Mauricio-.  
         Tenía que recordarme al deplorable sujeto, confirmarme que estaban juntos y posiblemente felices.
         La llamada me dejó en el suelo. Me refugié en Laura, la vi todos los días, hasta el punto de querer vivir con ella. Pero las llamadas continuaron.
     —Dejá de llamarme, no quiero saber nada de vos. Estoy saliendo con alguien que me interesa mucho – debí gritarle a Camila - .
         La noticia la sacudió. Calló un rato. Se despidió y colgó.
          Días  después me enteré que Camila había hablado con Laura. No sé cómo la contactó pero arruinó todo.
  Camila ¿por qué coños lo hacés?  ¿Por qué no me dejás en paz? ¿No es suficiente con haberme engañado?
     Su respuesta fue magistral.
     —…para protegerte… sos tan indefenso...
         Otra vez me encontré solo, deprimido y mirando al techo. Pero no me dejaría morir. Me levanté y me entregué al vagabundeo. Debí haber llegado a casa el domingo en la madrugada. El lunes me resucitó el desayuno de mi madre. Mientras comía en silencio,  mi padre, recuerdo, sentado a la mesa leía  El Caleño.
— Es   el   tercer  cuerpo que  aparece  en  las  mismas condiciones. El último fue arrojado a un potrero. Imaginate devoradas las entrañas, el pescuezo arrancado, una mujer como de cuarenta.
   Bonito tema para el desayuno.
   No hay duda - agregó él - es un  asesino en serie. Los periodistas le llaman el hombre lobo.
   Me vale mierda el hombre lobo.
   ¡Felipe dejá la grosería, haceme el favor!
   Disculpeme viejo, estoy nervioso…
   Te lo quiero decir bien en serio. Vos andás trasnochando todas las noches, no es que me importe, ni quiera preguntarte con quién, vos sabrás. Pero tenés que tener precaución. Mirá la cosa está muy peligrosa, dos de los cadáveres han sido encontrados aquí en el barrio. El lobo no respeta nada, ni a hombres ni a mujeres.
         Guardé silencio y seguí comiendo.
  Escuché en la radio – continuó - que tienen algunos indicios, hay algunas pistas que han orientado a  los sabuesos. Aún no han encontrado el patrón criminal, pero  andan tras las huellas de alguien que han visto merodear en algunos baldíos. Felipe tené cuidado, deberías salir menos. No son épocas fáciles.
  Me vale mierda el hombre lobo - repetí -.
         Al día siguiente mientras desayunaba junto a mi padre que leía las noticias en voz alto, me enteré que la noche anterior había vuelto a atacar. Daban todos los detalles del crimen. La víctima según me enteré sorprendido había sido Múnera. La noticia me dejó frío. Mierda, mierda,  Camila, alcancé a decir. El desayuno se interrumpió, mi padre no entendió que súbitamente me hubiera levantado y abandonado el comedor.
         El asunto quedó ahí. Nada quería volver a saber de Camila. El hombre lobo había dejado de valerme mierda.


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