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miércoles, 9 de agosto de 2017
viernes, 10 de octubre de 2014
Me vale mierda el hombre lobo.
Por: Jair Silva
Creo que días
antes de firmar los papeles de separación que ponían fin a mi sueño con Camila
ya estaba en el suelo. Lo que para ella debió haber sido un descanso para mí significó
un peso. Cuando estampé mi firma aún la amaba.
Sin ella y sin hogar, la única
posibilidad era alquilar un cuarto, pero sé que me hubiera sentido más solo
aún. Me sentía demasiado frágil. Además, mientras estuve casado, cometí el peor de los errores: permitir que los
amigos dejaran de existir.
Por fortuna Fernando nunca se alejó. Suya
fue la idea de que volviera a casa de mis padres. Ahí estaba, pues, de nuevo en
mi viejo cuarto, frente a mis viejas cosas, vuelto mierda por dentro. Del
asunto con Camila nada se habló. Con mis padres y mi hermana convine
tácitamente, desde que crucé la puerta, que el tema no se tocaría.
Necesitaba reponerme del golpe, rehacer mi
vida, como dicen los personajes de telenovela. Ah, y si sobra un poco de entusiasmo,
a ser feliz. Pero despegar no fue fácil. Tres días estuve tumbado en la cama
mirando el techo; apenas salía del cuarto para comer e ir al baño. Al tercer
día sonó el teléfono:
—
¿Cómo así que no
vas? dijo Fernando.
—
No sé, estoy
desanimado.
—
Caminá, mirá que
van todos.
— ¿Todos?
—
Sí, todos, los de administración, los de
ingeniería, Carlos, Víctor…todos.
—
No estoy seguro.
—
Dejate de
pendejadas Felipe, la rumba va a estar buena…vamos hombre, te conviene.
—
Mmm, listo. Decime
dónde y llego.
Antes
de ingresar al salón principal del Free
Point Hotel ensayé la mejor sonrisa y la mirada más altiva. En la entrada,
Víctor, el muy imbécil, no más terminamos de saludarnos preguntó por Camila.
—No sé dónde está. Tampoco me interesa - contesté
arqueando los labios y encogiendo los hombros -.
—Fresquiate
Felipe y hacé de cuenta que nada te he preguntado. Más bien caminá donde están
los demás.
Amontonados
alrededor de una mesa estaban mis viejos compañeros de carrera y universidad.
—
¡Felipe, creí que
ya no venias! - exclamó Fernando apenas me vio-.
Se levantó y me
dio un fuerte abrazo para luego alcanzarme un vaso de vodka.
—
Me hacía falta - dije
después de beber -.
Saludé
a todos los otros y tomé asiento junto a Carlos. Fernando acomodó su silla
junto a mí. Al cabo de dos horas la vida
empezó a ser bella. El peso del divorcio se había esfumado, liviano me sentí, hasta
creo que floté.
Al
otro día, no sé cómo desperté en mi cama. Lo único que recordaba era el escape,
el momento de la fuga de un círculo de amigas.
Me
sentí más reanimado que nunca. De día pertenecía a casa, metido en la cama
leyendo novelas policiacas. De noche no recuerdo a quien. Mi madre tan
comprensiva no puso reparo alguno a la rutina, lo que en otra época hubiese
sido intolerable.
En
uno de los planes vagabundos con Fernando conocí a Laura. Se suponía que esa
noche se reuniría todo el antiguo parche de la rumba, pero el único que
apareció fue él acompañado de dos mujeres jóvenes.
—Felipe, ella es Catalina y ella Laura.
Fernando y Catalina entablaron
conversación. Y ahí estaba yo solo ante una mujer atractiva, también sola y sin
nada que se me ocurriera decirle. Le
sonreía estúpidamente cuando nuestras miradas se encontraban. Hasta que ella
rompió el hielo.
—Sabe, esta canción me gusta y me da ganas
de bailarla. ¿Vamos?
Así que cogió mi mano para arrastrarme hasta la pista.
—Un poco tímido usted…
—…un poco.
— ¿Al menos baila?
La
expresión tras el comentario fue dulce. El resto del disco le clavé la mirada.
Después de tres piezas obtuve su número telefónico.
En
la mañana el recuerdo de sus ojos amortiguó el maldito dolor de cabeza. La
llamé para invitarla a comer y a caminar. Nada mejor se me ocurrió. Después
entramos a un bar. Dos rondas de cerveza importada, tres de vodka, su vida
resumida, la mía sin detalles, muchas miradas, otro vodka un poco más cerca,
más miradas, un beso y otro más. Acaricié su cabello, su espalda. Desperté en
su cama.
Los días
siguientes fueron intensos, luminosos, breves. Pero recibí una llamada que me
aterrizó.
—Por supuesto que estoy bien - le respondí a Camila -.
—Me alegra.
— ¿Y
tú?
—Bien, viviendo con Múnera, lo
conocés - siempre se había referido así a Mauricio-.
Tenía
que recordarme al deplorable sujeto, confirmarme que estaban juntos y
posiblemente felices.
La
llamada me dejó en el suelo. Me refugié en Laura, la vi todos los días, hasta
el punto de querer vivir con ella. Pero las llamadas continuaron.
—Dejá de llamarme, no quiero
saber nada de vos. Estoy saliendo con alguien que me interesa mucho – debí
gritarle a Camila - .
La noticia la sacudió. Calló un rato. Se
despidió y colgó.
Días
después me enteré que Camila había hablado con Laura. No sé cómo la
contactó pero arruinó todo.
— Camila ¿por qué coños lo hacés? ¿Por qué no me dejás en paz? ¿No es
suficiente con haberme engañado?
Su respuesta fue magistral.
—…para protegerte… sos tan indefenso...
Otra
vez me encontré solo, deprimido y mirando al techo. Pero no me dejaría morir.
Me levanté y me entregué al vagabundeo. Debí haber llegado a casa el domingo en
la madrugada. El lunes me resucitó el desayuno de mi madre. Mientras comía en
silencio, mi padre, recuerdo, sentado a
la mesa leía El Caleño.
— Es el tercer cuerpo que
aparece en las mismas
condiciones. El último fue arrojado a un potrero. Imaginate devoradas las
entrañas, el pescuezo arrancado, una mujer como de cuarenta.
— Bonito
tema para el desayuno.
— No hay
duda - agregó él - es un asesino en
serie. Los periodistas le llaman el hombre
lobo.
— Me
vale mierda el hombre lobo.
— ¡Felipe
dejá la grosería, haceme el favor!
— Disculpeme
viejo, estoy nervioso…
— Te lo
quiero decir bien en serio. Vos andás trasnochando todas las noches, no es que
me importe, ni quiera preguntarte con quién, vos sabrás. Pero tenés que tener precaución.
Mirá la cosa está muy peligrosa, dos de los cadáveres han sido encontrados aquí
en el barrio. El lobo no respeta nada, ni a hombres ni a mujeres.
Guardé silencio y seguí comiendo.
— Escuché en la radio – continuó - que tienen
algunos indicios, hay algunas pistas que han orientado a los sabuesos. Aún no han encontrado el patrón
criminal, pero andan tras las huellas de
alguien que han visto merodear en algunos baldíos. Felipe tené cuidado,
deberías salir menos. No son épocas fáciles.
— Me vale mierda el hombre lobo - repetí -.
Al
día siguiente mientras desayunaba junto a mi padre que leía las noticias en voz
alto, me enteré que la noche anterior había vuelto a atacar. Daban todos los
detalles del crimen. La víctima según me enteré sorprendido había sido Múnera.
La noticia me dejó frío. Mierda, mierda,
Camila, alcancé a decir. El desayuno se interrumpió, mi padre no
entendió que súbitamente me hubiera levantado y abandonado el comedor.
El asunto quedó ahí. Nada quería
volver a saber de Camila. El hombre lobo
había dejado de valerme mierda.
De la sonrisa matadora
Por: Jair Fernando
Silva
¿Alguna
vez te has preguntado por las consecuencias que te podría traer sonreír en la
calle? ¿Qué harías si un día caminas
distraído y al doblar en una esquina te encuentras de frente, casi llevándotela
por delante, a una niña como las que te gustan a ti? ¿Le sonríes y ya? ¿Además de sonreírle le
hablas? ¿Y que tal si después le invitas
algo...una cerveza por ejemplo? Suena bien ¿no? Prometedor.
¿Pero
qué tal si después de sonreírle la chica te detalla un par de segundos, y luego
de uno de los bolsillos traseros del jean saca una pata de cabra y te exige que
le entregues el celular recordándote lo imbécil que eres? ¿Corres? o ¿te meas en los pantalones?
Vaya
reflexión un poco dramática. He aprendido una de las normas claves de la supervivencia
citadina. Pero antes aclaro que lo de arriba no me ha sucedido a mí ni a
conocido alguno. Y espero que nunca me pase. Probablemente me mee y luego salga
corriendo, sin celular por supuesto.
Se
trata de lo peligroso de sonreír y andar con cara de buenon[*] Verán: Mi madre siempre me
insistía en que sonriera, en que dejara la cara seria y saludara, pues esa
era la debida manera de comportarse de un niño bien educado. Por supuesto, yo
le hacia caso después de ella “expresar”
su mejor argumento: un pellizco muy disimulado en mi brazo, uno de esos
que saben dar las madres. Contundente.
Creo
que después de tantos años ya la he perdonado. Pero hasta hace poco todavía
salía con cara de pastel a la calle y creía subnormales a los que caminaban con
cara de bacteriólogo.
Estando
en Bogotá le pregunté a un amigo por la
cara de estreñimiento de los rolos. Me ha respondido que era un mecanismo de
defensa, que en la calle se desconfía de todo el mundo y cualquiera es
potencial ladrón. Qué exagerado este man, Pensé. Y qué ciudad tan mamona.
Sin
embargo, ahora sé que tenía razón. El asunto es de cuidado. Una sonrisa es
potencialmente matadora y ojala fuera en términos de caerle a una chica. No. Es
potencialmente peligrosa para quien se atreve a darla. Lo he comprobado. En más
de una ocasión me fue conveniente poner cara de Terminator para pasar seguro. Caminamos en una jungla atravesada
por la ley del más fuerte. Ser afable es dar señal de debilidad, de inocencia, indefensión, de vulnerabilidad.
Así lo interpreta la mayoría de las personas, incluyendo a cuanto delincuente
hay. Piénselo, ¿se atrevería a robar usted a un tipo con cara de matón? Lo
dudo.
Además,
la dichosa norma tiene su variante. Jamás se les ocurra hacer un alto en plena
calle o parque para amacizar a su novia, novio, amante, tinieblo, qué se yo,
pues las parejitas son imanes para las ratas. Y debe causar bastante terror que
en el mejor momento de la calentura una garduña llegue a amenazar con romperlo
a uno.
Aunque
tomémoslo por el lado amable. Quizá yo sea un paranoico de aquí a Pekín y vea
peligros en todo lado. Es una
posibilidad. Tal vez un día tras una
sonrisa usted encuentre la pareja de sus sueños.
Si me tomas muero
Si me tomas muero
Por:
Jair F Silva
El viejo vampiro llega al cuarto de la
doncella y la observa dormir. Se inclina, con la mano retira el cabello y, pese a
la poca luz que alcanza el lecho, percata dos punzadas en la yugular. La
luz amarillenta del candelabro sobre la cómoda es vacilante y con dificultad
llega hasta la cama; observa las marcas detenidamente. “No recuerdo haberla
tenido antes”, piensa. Está seguro, no obstante la duda persiste. Le preocupa
la salud de su memoria. “¿Habré estado aquí y no lo recuerdo?”.
El
molesto vaivén de las llamas causado por las frías corrientes de viento que
entran por la ventana por donde ingresó, entorpece su visión. Entonces la desvía bruscamente hacia la
blanca pared del fondo, desde donde el
sujeto de bronce clavado en una cruz de madera presencia todo. No
perderá el viaje. Su castillo está retirado y la fatiga ya no da espera. “la
tomaré”
—No lo hagas—dice la doncella.
El
viejo retrocede. No hay temor en el dulce rostro de la joven. En
cuatrocientos años nunca le ha ocurrido algo semejante.
—No lo hagas—repite ella.
Él
la mira con dureza.
— ¿por qué no debería hacerlo?
—Otro
estuvo antes que tú. Si me tomas muero.
— ¡¿Otro?!
—Le grita— ¿cómo otro? Soy el amo y señor de toda la región, desde el mar hasta
el bosque más recóndito. Nadie osa meterse en mis dominios. Soy el padre de
cuanto oscuro y maldito ser has oído
hablar.
Entre
tanto escucha el sermón, sentada en la
cama eleva sus rodillas hasta el pecho y apoya el mentón en ellas.
—Lo siento, no fue mi voluntad. Se presentó como rayo de luna. Me estaba
peinando y observé el reflejo en el espejo. Cuando giré ahí estaba. Le pregunté
por qué de esa manera, y respondió que cualquier otra forma sería indigna para un ser superior como él.
Luego se aproximó. Vi sus ojos mientras
me tomaba por la cintura, volteé la vista hacia el espejo pero sólo estaba yo.
Entonces me asusté. “No te asustes” dijo. Apenas me sujetaba, pero no intenté
zafarme. Estaba hipnotizada. Así hubiese
querido mi cuerpo no habría respondido. Lo quería, estaba encantada. Me atraía.
Jamás me sentí de esa manera. En el pueblo muchos han intentado coger mi mano,
pero sus toscas y ampolladas pieles me fastidian, y bajo ningún motivo lo
permito, mucho menos que acerquen su cuerpo al mío. Permití que me apretujara.
“serás mía”, sentenció. “tomaré algo tuyo y me pertenecerás eternamente”. “Has
lo que quieras” le dije. Y se lo permití. Acercó sus labios a mi cuello,
abrió su boca, e hincó dos finos
y puntiagudos colmillos. Los sentí penetrar. Mis piernas temblaron. Creí que me
desvanecía. Su aliento, su respiración daba calor a la nuca. El frío de la
noche desapareció. No aguante más, mis piernas se debilitaron. Me sostuvo entre
sus brazos y me llevó a la cama en donde continuó succionando mientras yo permanecía de espaldas, con los ojos
abiertos, respirando fuerte. El calor empezó a bajar y llegó hasta la
entrepierna; ahí se detuvo. Un pálpito surgió en el lugar. El corazón lo tenía
allí. Puedo jurarlo. Apreté las piernas para que no temblaran y el pálpito
cesara. Y el temblor acabó, pero ahora me retorcía sobre la sábana. Me
gustaba. Muchísimo. Era delicioso. De pronto los pálpitos se aceleraron y su
fuerza aumentó. Un cosquilleo poco a poco mojó las sabanas, mis muslos. Mordía
mis labios y apretaba las manos. De
repente mi vientre estallo, sentí gotas recorrer mi abdomen. Cerré las piernas y las doblé. El aliento parecía
no dar abasto. Necesitaba gemir más. Lo deseaba. Lo hice. Por último me
desplomé sin pizca de ánimo. Permanecí quieta, lentamente volví en mí. Él ya no
estaba a mi lado. Tenía tanto cansancio. Dormí hasta que llegaste. Pero dime,
¿Me harías sentir lo mismo si te ofrezco mi sangre?
El vampiro enmudeció. Sus indiferentes
ojos contemplaban las lejanas doncellas ya idas, y con ellas volvían los
estertores de cada una extenuada entre sus brazos. “tiempos remotos” se
repetía.
—No me volverás a ver— le dijo y acto
continuo se perdió en la noche.
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